El control de los sitios arqueológicos mexicanos por el Museo Británico: La imagen dicotómica indígena- entre la superioridad e inferioridad

Existe una enorme fascinación hacia los sitios arqueológicos indígenas de México; dicha fascinación ha subsistido desde la colonización de las Américas y se ha manifestado por medio de la codicia de la propiedad, la destrucción y el cambio de las significaciones de esos sitios. Los sitios han conectado a las comunidades indígenas con sus identidades, ya que forman parte de sus vidas. Desde que los europeos tuvieron el primer contacto con los indígenas se les concibió como seres inferiores que ni siquiera eran considerados seres humanos. Esto, de acuerdo a numerosos textos, pero también de manera evidente por las acciones de los europeos, incluyendo la esclavitud, los genocidios y el maltrato hacia los indígenas. A pesar de eso, los sitios arqueológicos indígenas, especialmente con el paso del tiempo, fueron ganando gran valía desde la perspectiva occidental. Para el siglo XIX, los sitios eran considerados más valiosos que los descendientes de los que los construyeron. 

Se puede decir que la relación y el uso de los sitios mexicanos por el Museo Británico derivan de la codicia, aunado a que el Museo usó la división ya existente entre los indígenas y sus sitios para reclamarlos. A través de separar los sitios de los indígenas, el Museo podía justificar su “coleccionismo” porque, desde esa perspectiva, no pertenecían a nadie. Su objetivo principal era la de dividir la narrativa identitaria colectiva de los indígenas y sus sitios sólo para su propio beneficio, para avivar la “curiosidad” de los europeos sobre esa tierra desconocida y vasta. Por lo tanto, el papel del Museo Británico era detectar las debilidades en las leyes y voluntades mexicanas y usar dichas debilidades para acrecentar sus colecciones. El Museo también afectaba la identidad colectiva perpetuando la inferioridad sobreentendida por la división entre los sitios y las comunidades indígenas que había empezado con la colonización.

En ese tiempo, el Museo Británico tenía unas de las colecciones más gigantes que todos los museos en el mundo (cerca de 8 millones de artefactos de sitios arqueológicos de todo el mundo). Para el Museo, México era un tesoro sin dueños existentes y su ambición parecía no tener fin. Desde esta perspectiva, unos de los papeles de los sitios arqueológicos era el de mostrar la inferioridad de los indígenas contemporáneos en comparación con la grandeza de la historia de sus antepasados. Por lo tanto, esta división marcó una división entre los sitios y los indígenas dando como resultado una separación y oposición, ya que los indígenas eran vistos como inferiores y salvajes mientras sus sitios eran vistos como impresionantes y misteriosos. 

Esta división de identidades creó una oportunidad para forjar una narrativa según la cual, aunque tenían una conexión con el pasado, los indígenas nunca podrían regresar a esa época de enorme poderío y ostentosidad. El reclamo de la identidad por parte de los indígenas también era un aspecto negativo para el Museo porque con la división creada entre los indígenas y sus sitios, a través de la pérdida de la identidad, el Museo tenía el poder de afirmar que no existe un dominio tangible de dichos sitios y por lo tanto el Museo podía apropiárselos. 

Según Robert Aguirre, en Informal Empire: Mexico and Central America in Victorian Culture, un representante del Museo, Frederick Chatfield, apenas menciona a los indígenas en su trabajo, y cuando lo hace, los describe como trabajadores mudos en vez de herederos de su historia y de su propia tierra. En esos tiempos, esa creencia era compartida en todo el campo arqueológico y en general. Estas descripciones separaban a los grupos indígenas de su historia y esa separación complicaba su identidad colectiva para que no pudieran tener una voz. ¿Cómo y cuándo se creó esa división entre el valor de los sitios indígenas y los indígenas? Durante y después de la colonización de las Américas muchos europeos estaban sorprendidos y maravillados con las sociedades que colonizaron, pero la creencia que perduró a lo largo del tiempo fue que las comunidades indígenas eran inferiores. 

Después de la colonización de México, y con el paso del tiempo, la división entre las culturas mesoamericanas asombrosas (desde la perspectiva de los colonizadores) y la población de estas sociedades creció de manera exponencial hasta que los indígenas llegaron a ser percibidos como “otros” y completamente separados de sus sitios. Había perspectivas internacionales además de nacionales que los indígenas que vivían en los sitios antes de la colonización eran interesantes e increíbles. Pero, al mismo tiempo, los indígenas contemporáneos eran vistos como completamente separados de esos grupos y últimamente inferiores. A aquellos que eran considerados como los descendientes de los indígenas y que usaban los sitios arqueológicos, se les percibe con la idea de que han perdido la inteligencia, la opulencia y la riqueza de sus antepasados. El Museo y otros arqueólogos extranjeros podían argumentar que merecen acceso a los sitios porque desde esta perspectiva, las identidades colectivas ya no se alineaban con las identidades presentadas en los sitios de los mismos grupos.

Esa división afectaba la identidad común para los indígenas y creaba la sensación de la posibilidad de agenciarse de todo lo que los europeos conquistaron. Con la división entre sus identidades y sitios, los indígenas ya no tenían lugar ni en el México antiguo, ese México lleno de sitios magníficos desde la perspectiva occidental, ni en el México nuevo con las ideas modernas en donde los indígenas no eran bienvenidos. Tal y como dice Aguirre, ese tropo condenaba a los indígenas y a los pobres a una “tierra de nadie,” fuera de la modernidad, separados de su pasado noble mostrado en las ruinas. Esa es una idea antropológica denominada la “negación de la coevalidad” (Aguirre, 9-10).

Este término nombra las acciones de los europeos, resultando en los indígenas a sentirse separados de sus sitios, de su temporalidad (porque no encajaban ni en el México nuevo ni en el México antiguo) y de sus identidades, todo lo cual se relaciona nuevamente con los sitios. Por eso, sus identidades estaban divididas y parecían no tener ni importancia ni relación con sus sitios. La negación de la coevalidad es responsable por la formación de la construcción occidental colonial del “otro,” según Paola Ivanov, una etnóloga italiana (47). Las personas no-europeas eran consideradas primitivas como si todavía estuvieran en las “etapas prehistóricas” de la evolución humana. Esta idea todavía está presente en muchos museos hasta hoy en día, cuando muestran a los grupos indígenas al lado de los dinosaurios. 

En el libro escrito por Aguirre, describe la situación de las representaciones de los indígenas mexicanos en Europa durante el siglo XIX como exhibiciones teatrales de mexicanos y centroamericanos racialmente “enfreaked” (Aguirre, xvi). Muchas de dichas exhibiciones fueron guiadas por un sentimiento de “curiosidad” por aquellos fenómenos considerados como “extraños” o “freaks” para alguien con una perspectiva y experiencia occidental. Estas perspectivas contribuyen a la idea de la “otredad” de los grupos indígenas y afecta a la identidad colectiva creando una percepción de que son un “otro.”

Thomas Ward, autor de Alva Ixtlilxochitl, Civilization, and the Quest for Coevalness, enfatiza una consecuencia importante del concepto de la negación de la coevalidad, en la cual, si una población no está considerada en términos de la coevalidad, su humanidad puede ser negada (98). Desde una perspectiva occidental, la humanidad de los grupos indígenas era discutible y esa era su razón del maltrato de los indígenas en el pasado. Esa es la razón por la que Aguirre considera a los indígenas de ese tiempo en una estadía en la “tierra de nadie,” y también la razón por la que el Museo tuvo tanto poder sobre los grupos indígenas después de siglos donde las poblaciones fueron tratadas como no-humanas.

Ward cita a Lucy Maddox, una psicóloga clínica, la cual menciona que había una suposición universal y occidental en la cual los indígenas sólo tenían dos opciones: aceptar la “civilización” o extinguirse (Ward, 98). A partir de esta creencia, las identidades colectivas se debilitaron y empezaron a perder elementos y fuerzas pre-coloniales. Aunque la suposición era problemática de por sí, el efecto que tuvo entre los indígenas tiene más importancia. Ayudaba a crear la división entre los indígenas y sus sitios que representaban, por un lado, su gran pasado, y por otro, la diferencia entre sus antepasados y ellos mismos. Debido a esta situación, la negación de la coevalidad crea una división entre los grupos indígenas y el mundo presente en adición a su propia historia. El Museo Británico usó esta división a su favor.

En comparación con esas perspectivas denigrantes sobre los indígenas, hay personas interesadas en crear una identidad colectiva y enfrentar la realidad de la situación. Juan Galindo, un irlandés de ascendencia española nacido en 1802, quería crear una identidad a través de los sitios históricos en México. Esperaba crear una sensación de nacionalismo a través de una comprensión profunda sobre los sitios. En un artículo publicado en la Literary Gazette, dice sobre Palenque, Chiapas, un sitio arqueológico maya, que un entendimiento de las ruinas de Palenque va a salvar a la América antigua porque era el centro de una nación civilizada, comercial y extendida. Al mismo tiempo, describió a los indígenas como “incivilizados, salvajes, y tímidos” (Aguirre, 73). Aunque sus ideas del nacionalismo y esperanza para una identidad colectiva completa para los indígenas eran perspectivas bastante modernas, todavía tenía pensamientos subyacentes muy semejantes a las ideas de otros arqueólogos y científicos europeos sobre la imagen de los indígenas. A través del orgullo hacia los sitios arqueológicos, también se manifestaba una amenaza hacia el Museo Británico ya que el reclamo de la identidad significaba que los sitios volverían a tener dueños. 

Otra perspectiva planteada por Aguirre es acerca del silencio de los indígenas. El autor menciona que el rechazo de los indígenas para hablar o ayudar a los europeos también sugiere su respeto por la historia como algo vivo en el presente. Aunque su silencio puede ser visto de múltiples maneras, una de éstas puede ser la resistencia. Aguirre también describe la resistencia como el arma de los oprimidos (Aguirre, 99). Es importante analizar el hecho de que los indígenas no tenían mucho poder en la historia de la colonización de México, pero sí tenían el poder de sus acciones. Su habilidad y voluntad de no hablar o ayudar a las personas a robar los sitios que pertenecen a los indígenas muestra su perspectiva y las maneras en que todavía podían protestar fuertemente ante las acciones de los ladrones de sus pertenencias. Las demostraciones también crean una identidad colectiva más fuerte reuniendo a las personas indígenas y reconociendo sus identidades históricas.


Comments