El esfuerzo del gobierno mexicano hacia la creación de una identidad nacional: La exposición universal
Con el mandato del Porfiriato de crear una identidad nacional mexicana a través de los sitios arqueológicos empezó el proyecto para la exposición universal. Las exposiciones universales comenzaron en 1791, y eran una oportunidad para mostrar las fuerzas de las naciones. En los Estados Unidos, la exposición universal es conocida como “La Feria Mundial.” En su mayoría, las naciones usan este tipo de plataformas para exhibir sus recursos naturales, los aspectos únicos sobre su cultura, la historia de su nación y sus mayores éxitos. En París, Francia, en el año de 1889 fue la exposición universal y la primera oportunidad para México de demostrar su identidad nacional en dicha exhibición. El mensaje principal de la exposición, por mandato presidencial fue el de exhibir la narrativa que el Porfiriato concibió como la identidad nacional mexicana; y precisamente eso fue lo que se mostró en el pabellón.
Comenzaré por explicar el planteamiento de esa identidad para posteriormente analizar el diseño del pabellón mexicano en la exposición universal (Fig. 2). Según Valiant, el deseo del Porfiriato fue el de darse a conocer como un país listo para ser parte de la comunidad cosmopolita de la cultura, la ciencia, el progreso, y el capitalismo a través de sus planes para la exposición universal. La estructura que diseñaron tenía el objetivo de demostrar que México no era un país inferior ni a los Estados Unidos o a cualquier país europeo (Valiant, 67-68). Desde esta perspectiva, parecía más una cuestión de competencia entre México y el mundo. La exposición universal inauguró una conversación sobre la importancia de México con el mundo.
La razón de este afán por demostrar que México no era inferior a otros países nace en las percepciones preexistentes sobre México. El historiador, Mauricio Tenorio Tillo, describió la participación de México en las exposiciones universales como unas de las mejores maneras de cambiar la percepción extendida de que México era violento e incivilizado (Valiant, 68). Entonces, no sólo se tenía la tarea de elaborar una identidad nacional durante el Porfiriato, sino que también se debía reconfigurar la imagen del país y esta labor no era algo que se podía hacer de un día para el otro.
La relación entre México y el resto del mundo, y su lucha por una identidad nacional no están separadas de las identidades colectivas. Al final, los diseñadores escogieron las partes mexicanas que pensaban podrían mostrar la superioridad del país. En esa labor, excluyeron a muchas comunidades y por lo tanto sólo mostraron a ciertas culturas dejando en claro que éstas debían estar presentes y por consiguiente, eran más importantes que las otras. Para empezar, escogieron una imagen que podía encajar en el mundo occidental, afectando las identidades colectivas y demostraron una vergüenza hacia las comunidades no representadas en el pabellón. Dieron por hecho que las culturas presentadas sí tenían derecho a estar en la exhibición y, al dejar de lado las otras que no estaban representadas, se transmitía la idea de que unas sí merecían estar y las otras no. Después de la selectividad estricta de los diseñadores, el pabellón recibió muchas reacciones negativas de la audiencia europea que también afectó a las identidades colectivas de una manera negativa.
En el diseño del pabellón, los diseñadores se presentaron con retos únicos y nuevos. Shelley Garrigan, profesora y autora de Collecting Mexico: Museums, Monuments, and the Creation of National Identity, describe la situación con más detalle, declarando que los diseñadores estaban en la posición difícil de representar una nación que ya no existía. Continúa, diciendo que acudían a la idea de “autoexotismo,” usada por la mayoría de los diseñadores de las exposiciones universales (Garrigan, 136). El uso del exotismo ya es un planteamiento negativo para la creación o el apoyo de identidades colectivas. El exotismo se conecta de nuevo con la idea de la curiosidad y el morbo presentes como una razón para el saqueo de los arqueólogos extranjeros previos al Porfiriato. Fue problemático presentar a México desde el exotismo porque más bien trataron de crear una imagen de un México moderno y no exótico.
Con todo esto en mente, incluyendo la influencia y los afectos del diseño del pabellón, analizaré al pabellón mexicano en la exposición universal parisina. El pabellón se basó en el diseño de los teocallis aztecas, también llamados “los palacios aztecas”. Sin embargo, no se respetó ese concepto y optaron por mezclar diversas estéticas indígenas. Díaz no se opuso a esa mezcla porque creía que la exhibición debía de tomar en cuenta a todos los grupos indígenas, unidos bajo una misma nación (Valiant, 71). Con ello, Díaz hizo evidente el hecho de que no vio una diferencia entre los grupos indígenas que México representa, y no reconoció las identidades colectivas separadas y únicas en su nación.
En adición a esta ignorancia sobre los grupos indígenas individuales, el diseño también desconoció convenientemente a algunos dioses aztecas en su representación para ser conformista con los ideales occidentales. Alrededor del pabellón, colocaron imágenes de unos dioses aztecas selectos con una propuesta de encajar en el mundo occidental. Primero, esos dioses eran presentados a la manera griega que ya es problemática porque ignoraban el estilo único azteca y la importancia de una distinta representación. Segundo, la selección de los dioses elegidos fue conformista con los valores modernos occidentales. Los dioses escogidos fueron Centeotl, el protector de la agricultura; Xochiquetzal, la diosa de las artes; Camaxtli, el dios de la caza; y Yacatecuhtli, el dios del comercio (Garrigan, 144). Evitaban a los dioses que se percibían como violentos, inconvenientes o no adecuados con el diseño. Con esa decisión, mostraron que la creación de una identidad nueva no era tan importante como pensaban; y que realmente preferían seguir los pasos del mundo occidental. Esta decisión confirmaba el hecho de que el Porfiriato no estaba interesado en apoyar a las identidades colectivas ya existentes y que quería reformar las identidades ya existentes.
El objetivo principal del pabellón fue el de mostrar una identidad única de la nación, pero dentro del pabellón, la idea fue poner en exhibición la multitud de recursos disponibles en México. La abundancia de recursos que exhibió México hizo que su pabellón se destacara entre los demás en la exposición universal. Extrañamente, en el centro de todo se encontraba la cabeza de un individuo apache. La razón para esa demostración era que México tenía poder sobre sus fronteras del norte y del sur, pero parece ir en contra de la lucha por una identidad nacional, o simplemente abordar el hecho de que los indígenas no eran considerados parte de la nación.
Con la cabeza del individuo apache empezaron las reacciones al pabellón. La cabeza, en vez de ser problemática por ser un acto irrespetuoso y representativo del genocidio, fue vista como problemática porque remitía a los tzompantlis (estantes de calaveras) donde los aztecas ponían en exhibición las cabezas cortadas de sus víctimas (Valiant, 74). A pesar de que las intenciones de los diseñadores eran precisamente mostrar al pueblo mexicano como una cultura no violenta, el efecto fue el contrario.
De por sí, ya es problemática la representación de una cabeza cercenada de un indígena, lo que es curioso es que la indignación se proyectara hacia los aztecas, ya que el diseño del pabellón no fue hecho por éstos, sino por un individuo mestizo. Por eso, actualmente debía representar la violencia de los diseñadores en vez de la de los indígenas. Esto no quiere decir que los aztecas no mataran a otros individuos indígenas, pero en este caso esta reacción no fue realista.
Otra reacción negativa del pabellón fue la comparación entre los sitios mexicanos y los sitios griegos o romanos “clásicos”. Muchos visitantes se declararon en contra de esta idea, diciendo que las ruinas mexicanas nunca fueron tan avanzadas arquitecturalmente y que las ruinas presentadas revelaban “la barbaridad” de la cultura azteca. Según Valiant, muchos concluían que los aztecas nunca tuvieron un periodo “clásico” (Valiant, 76). Provee una perspectiva ignorante porque la idea de un periodo clásico es específicamente occidental. Otros espectadores tuvieron una reacción más dramática ante la representación de un teocalli y denominaron al pabellón como “el templo del fuego,” pensando que representó un templo sacrificial. Al pabellón se le concibió como un lugar que representó “la tortura y el sacrificio humano” (Valiant, 77). Esta opinión fue incorrecta y su efecto fue el de que las otras naciones no se esforzaron en investigar sobre dicha concepción.
La exposición universal proveyó una oportunidad para México de demostrar las razones por las que debía ser una nación respetada, justo al lado de Europa y los Estados Unidos. Desafortunadamente, desaprovecharon ese momento al presentar México de una manera occidental, lo que perpetuó la imagen de México como un país violento. Aunque la exposición universal ocurrió del otro lado del océano, las identidades colectivas mexicanas fueron afectadas por la representación de México presentada por los valores del Porfiriato y las reacciones de los visitantes de la exhibición universal.
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